Las sanguijuelas fueron un "remedio tradicional" desterrado de la medicina. Ahora han vuelto con una misión

Las sanguijuelas fueron un "remedio tradicional" desterrado de la medicina. Ahora han vuelto con una misión
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Biopharm Leeches es una empresa galesa que este año cumple 211 años. La empresa provee de sanguijuelas a los médicos del Reino Unido desde la época en la que Europa se encontraba en plenas Guerras Napoleónicas. Podría alguien pensar que es un negocio abocado al cierre, o incluso podríamos decir que es sorprendente que la empresa siga en activo. Nada más lejos de la realidad: se trata de un negocio en crecimiento.

Si hay alguna técnica que asociemos irremediablemente a las prácticas médicas precientíficas seguramente ésta sea la sanguijuela. Las sanguijuelas son unos pequeños invertebrados del filo de los anélidos (que incluye un gran número de lo que llamamos gusanos, como las lombrices de tierra). Las lombrices medicinales (Hirudo medicinalis) son tan solo una de las especies de este grupo de animales parasitarios.

Su función era sencilla: absorber la sangre del paciente, en otras palabras, realizar sangrías. Para ello los médicos adherían una o varias sanguijuelas al paciente y esperaban a que estas se empacharan con este “humor”. Esta práctica se basaba generalmente en la creencia de que las enfermedades se producían por desequilibrios entre estos “humores” de nuestro cuerpo (sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra).

Si los médicos saben ahora que esta creencia era errónea, ¿por qué se siguen usando? La respuesta no está en lo que absorben sino en lo que segregan. Concretamente, una sustancia que evita que diluye la sangre evita que se coagule. Esto hace que la circulación mejore en una zona específica del cuerpo.

Un ejemplo de uso se da cuando se realiza un injerto que implique la conexión de vasos sanguíneos a éste. La hirudoterapia (así se conoce a este uso) tiene por eso su principal ámbito de uso en la cirugía reconstructiva y plástica, pero también puede ayudar a prevenir la pérdida de extremidades tras accidentes u otras circunstancias traumáticas.

No solo sanguijuelas

Se cree que el uso de larvas de mosca para tratar heridas data de los orígenes de la civilización. Aún así su uso en la medicina moderna podría datarse en 1990. Ese año, el médico Ronald Sherman decidió ponerse a cazar moscas para tratar de utilizar sus crías de manera experimental.

A Sherman le costó que lo tomaran en serio, pero su terapia larval hoy ocupa a un número importante de investigadores. La idea detrás del tratamiento es la de utilizar las larvas para evitar infecciones en un contexto en el que cada vez somos más vulnerables a las superbacterias, bacterias resistentes a los antibióticos.

La lucha contra las superbacterias tiene mucho que ver con esta necesidad de “recuperar” algunas prácticas ya perdidas en medicina. Durante la mayor parte de nuestra historia el ser humano ha sido vulnerable ante pequeñas infecciones, situación que se revirtió con la llegada de los antibióticos. Un uso imprudente de éstos ha ido creando circunstancias idóneas para la aparición de bacterias resistentes a este tipo de tratamientos.

Otro ejemplo de uso de este tipo de tratamientos es el de la miel. Utilizada en el antiguo Egipto para tratar las heridas, esta sustancia ha sido también considerada útil en los vendajes de algunas heridas en el presente.

Cabe recordar que estas técnicas, por mucho que parezcan sencillas, son implementadas por profesionales con materiales (y animales) en condiciones de esterilidad y vigilancia estrecha. Vamos, que si vamos a sustituir nuestra iodopovidona por miel en el botiquín seguro que acabemos haciendo más daño que beneficio.

La búsqueda de nuevas terapias basadas en la ciencia pero inspiradas en prácticas perdidas representa un nicho de investigación. Es evidente que no todos los remedios “tradicionales” funcionarán. Muchas prácticas antiguas estaban tan solo basadas en el efecto placebo, y otras podían funcionar sin que nuestros antepasados llegaran a tener ni la más remota idea de por qué.

Ahora la tarea de los investigadores no es fácil. Además del rechazo que puedan suponer animales como sanguijuelas y larvas, algunas de las especies animales o vegetales del pasado han ido cambiando con el tiempo, o incluso extinguiéndose.

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